jueves, 6 de noviembre de 2014




Pan y circo

Durante estas semanas de crisis sanitaria he pensado a menudo en la película La ventana indiscreta” de Alfred Hitchcock, ¿la recuerdan? James Stewart interpreta a un fotógrafo que, al tener una pierna escayolada debido a un accidente, debe permanecer recluido en su apartamento. Aburrido, se dedica a elaborar diversas conjeturas acerca del extraño comportamiento de uno de sus vecinos al que espía a través de la ventana con cámaras fotográficas, prismáticos, etc.

Seguro que a más de uno le suenan las palabras con las que el poeta satírico Décimo Junio Juvenal, que vivió entre los siglos I y II de nuestra era, se refería a la afición del pueblo romano por el espectáculo: El pueblo, del que en otro tiempo dependían el gobierno, la justicia, las fuerzas armadas, todo, ahora se desentiende y sólo desea con ansia dos cosas: pan y circo”.

A tenor de la información que nos ofrecen a diario los medios de comunicación (tanto por el contenido como por la forma de contarla) podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la frase de Décimo Junio Juvenal sigue de rabiosa actualidad.

En el tiempo transcurrido desde que en España se detectó el primer caso por contagio de Ébola en una profesional sanitaria, hemos asistido como espectadores a una función que, por la originalidad de su guión, ha traspasado las fronteras nacionales. Desde la comodidad y seguridad que nos ofrece el sofá de nuestra casa, hemos sido testigos voluntarios (unas veces perplejos, otras indignados y la mayoría, fuera de la pausa del café durante la cual parecíamos competir para dilucidar quien estaba más informado, quien más indignado o quien más saturado por el tema, pasivos) del espectáculo circense que para mayor entretenimiento del pueblo llano (con llamamientos a la calma incluídos sin ir acompañados de una información rigurosa y contrastada) ha montado el Gobierno español y sus máximos responsables.

Con su errático e improvisado proceder, lejos de calmar la imaginación lo que han conseguido ha sido incitarla. “Basta ver una enfermedad cualquiera como un misterio, y temerla intensamente, para que se vuelva moralmente, si no literalmente, contagiosa”. No les vendría mal leer “La enfermedad y sus metáforas” de Susan Sontag.

Cuando se activó el protocolo de alerta, a la vista de los hechos posteriores, el primer paso era descargar de responsabilidad a las autoridades sanitarias, algo de lo que se encargó el Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid al afirmar que "a raíz de los resultados" la auxiliar de enfermería contagiada por Ébola "pudo estar mintiendo" a los médicos que la atendieron en los días previos a su hospitalización. Punto número uno cumplido: estigmatización y culpabilización de la enferma. “Tal como la enfermedad es la mayor de las miserias, así la mayor miseria de la enfermedad es la soledad que tiene lugar cuando la naturaleza infecciosa de la enfermedad disuade de acudir a quienes han de asistir; cuando hasta el médico apenas se atreve a venir... se trata entonces de una proscripción, de una excomunión del paciente”.

Ante el aluvión de criticas y las numerosas voces que se alzaron pidiendo la dimisión del Sr. Consejero, él, lejos de amilanarse, se puso farruco y respondió que "para explicar a uno cómo quitarse o ponerse un traje no hace falta un máster" rematando con que "unos tienen una mayor capacidad de aprendizaje que otros". Punto número dos cumplido: además de culpable, tonta.

Ante tamaño disparate se desató en los medios de comunicación una especie de locura, a veces pienso que mucho más peligrosa que el propio virus, que nos trajo imágenes para la posteridad, como la de la ínclita profesional Mariló Monteró (que no tendrá un Master pero tiene una carrera) haciéndonos una demostración de como ponerse y quitarse un traje “anti-Ébola”. Nuevamente trending topic en las redes sociales, algo a lo que ya nos tiene acostumbrados basta recordar su celebre tesis sobre que al no estar demostrado que el alma no se transmita con un trasplante, los asesinos no deberían donar órganos.

Para no quedarse atrás, la televisión de CLM, todo un referente sobre cómo debe realizarse un correcto tratamiento informativo de temas delicados (ahí está la utilización de una picadora de carne para ilustrar el asesinato de una víctima de violencia de género) escenificó la manera de quitarse el traje de protección mediante una especie de parodia, broma de mal gusto, un autentico despropósito, de la mano de la presentadora de “No nos moverán” un programa de análisis de la actualidad política. ¡Nuevo triunfo absoluto del tratamiento miserable y ruin de la información!

A continuación vino la publicación de una fotografía, que nunca debería haberse hecho mucho menos publicado, probablemente realizada con teleobjetivo, en la que se ve a la auxiliar de enfermería, en la habitación del Hospital Carlos III, sentada y con una mascarilla de oxigeno creo. ¿Me pueden decir, después de que esas imágenes, una violación clara y absoluta del derecho a la intimidad, se hayan difundido de la manera en la que lo han hecho, en qué nos convierte eso? Nos convierte en una sociedad de mirones que asiste impasible, lejos del peligro, al sufrimiento ajeno. Punto número tres cumplido: escrutinio público no consentido.

¡Son muchas las oportunidades de mirar que nos depara la vida moderna!

La sobreexposición a imágenes, que destacan el lado más alarmante y negativo, de incidentes extraordinarios produce embotamiento mental. Susan Sontag,  en su ensayo “Ante el dolor de los demás”, lo explica así: “La cuestión gira en torno al principal medio de noticias, la televisión. El modo en que se emplea, dónde y con cuánta frecuencia se ve, agota la fuerza de una imagen. Las imágenes mostradas en la televisión son por definición imágenes de las cuales, tarde o temprano, nos hastiamos. Lo que parece insensibilidad tiene su origen en que la televisión está organizada para incitar y saciar una atención inestable por medio de un hartazgo de imágenes. Su superabundancia mantiene la atención en la superficie, móvil, relativamente indiferente al contenido”. Una eficaz anestesia moral.

“La frustración de no poder hacer algo relativo a lo que muestran las imágenes quizá puede traducirse en la acusación de que es indecente contemplarlas o de que es indecente el modo en que se difunden: acompañadas, como bien podría ser el caso, de anuncios de emolientes, analgésicos y todoterrenos. Si pudiéramos hacer algo respecto de lo que muestran las imágenes, tal vez estas cuestiones nos importarían mucho menos”.

¿Y qué podemos hacer? Prestar atención a las imágenes, pararnos a reflexionar sobre lo que vemos e interrogarnos sobre ellas: ¿quién causó lo que muestran?, ¿nos están contando la verdad?, ¿quién es el responsable?, ¿se podría haber evitado?


Si deciden hacerlo dense prisa, mientras aún se sientan afectados, porque como afirma Susan “la conmoción tiene plazo limitado”.


Teresa Suárez Fernández
Colegiada nº 6895-07